.:: LA BÚSQUEDA DEL CLOWN COMO BASE PARA EL ENTRENAMIENTO DEL ACTOR ::.


Autor Hernán Gené

Está bastante claro que muchos de los actores y actrices que se acercan a los cursos de clown no tienen la real intención de dedicarse al arte del payaso sino más a una experiencia que añadir a su trabajo de formación.

El clown es un personaje con las complejidades de todo buen personaje, con la añadida que a diferencia de Otelo o Hamlet o Yocasta éste no se ofrece al actor desde un texto bien escrito a través del cual podemos descifrar qué es lo que hace este personaje. Sumado a esto tenemos el que para realmente dedicarse a crear este personaje y habitarlo en la vida profesional es necesaria una gran suma de habilidades y conocimientos técnicos: el intérprete ha de saber acrobacia, malabares, danza, equilibrios, tocar al menos tres instrumentos musicales, conocer y saber utilizar su cuerpo en escena y dominar la voz (nunca está de más señalar que creo que en realidad todo actor/actriz que se precie debería dominar todas estas técnicas y otras más complejas). Y al final pero no lo menos importante: este intérprete va, al igual que en el teatro Kathakali de India o en el Kabuki de Japón, a dedicar toda su vida a un sólo personaje (Chaplin, Groucho Marx, Buster Keaton, Charlie Rivel y tantos otros son claros ejemplos de ello; tanto que casi no concebimos como público verles en otro rol como en el caso del M. Verdoux de Chaplin)

(Hay muchos que creen que podrán ser payasos sin esforzarse tanto, pero pronto claudican y se convierten en lo que ellos llaman actores profesionales.)

Pero de la misma manera que en las clases de teatro lo que haces se parece realmente poco a los que es la vida en el teatro, en un curso de clown no haces clown: haces improvisaciones y juegos en búsca de algunos aspectos personales que puedan ser características de tu personaje y que te guíen a la hora de construirlo; en suma, un laboratorio de investigación.

Dadas las características de estos talleres, el intérprete debe enfrentarse al público e incorporarlo como un motor de sus improvisaciones, debe reaccionar inmediatamente a todo estímulo interno o externo que le afecte mientras está en el escenario y transformarlo en un juego teatral, debe ser absolutamente sincero en sus reacciones, debe vivir únicamente en el presente permitiendo que su cuerpo siga sus propios impulsos sin reprimirse, para lo cual debe tener un cuerpo plenamente despierto, alerta, relajado y con el exacto tono muscular que la vida en escena requiere, debe saber compartir con el público los más mínimos gestos proyectándolos a la platea con la energía justa, debe enfrentarse a quién es realmente, aceptarse cómo es y no poner ningún escudo entre él y los espectadores porque así y sólo así llegará a convertirse en un autentico artista, único y personal, debe poder divertir sin dejar de ser profundamente humano, debe exponerse tanto que parecerá que no tiene piel.

Practicar el clown en un taller es convivir con la posibilidad del fracaso en cada improvisación, es hacer el tonto; pero no cualquier tonto, pues eso es por demás sumamente fácil, es hacer el tonto que uno es. Esto tira abajo tantas máscaras que cuando el intérprete llega a la esencia de su tontería llega a la vez a algo de su esencia humana.

Sin embargo ¿no son estás condiciones que nos gustaría ver en todos los actores y actrices que conocemos? ¿No debe todo buen intérprete comportarse en escena tal como se describió antes? ¿No debe conocerse profundamente, aceptarse con sus torpezas humanas, revolver en lo más íntimo y a veces doloroso de sí para crear algo hondo y sorprendente por su sinceridad, sencillez y calidad artística?

Es por esto que creo que todo actor debe no pasar por la experiencia de un buen taller de clown sino que debe regresar a él una y otra vez como quien va al gimnasio y lleva el coche a una revisión general.